Por: Daniel Robles*
Poco a poco me incorporé. Un ruido similar al del golpeteo de una puerta retumbaba por toda mi cabeza. Tardé algunos momentos en recuperar el equilibrio, perder aquella visión borrosa y dejar de escuchar aquel sonido agudo en mis oídos.
Cuando por fin recuperé mis cinco sentidos, me percaté de que me encontraba en una estación de trenes. ¿Cómo había llegado hasta aquí?, ¿dónde estaba?, ¿era esto un sueño? Eran muchas las preguntas que nublaban mis pensamientos, y ninguna parecía tener una respuesta.
Deseoso de encontrar algún sentido a mi situación, comencé mí recorrido por la estación. Era un lugar extremadamente grande, no podría recorrerlo todo. Estaba lleno de grandes pilares y túneles hasta dónde alcanzaba mi vista, repleta de letreros escritos en todo tipo de lenguajes, llena de una gran cantidad de personas recorriendo sus pasillos y andenes para abordar el próximo tren. A pesar de todo esto, tenía la apariencia de haber sido abandonada hacía ya muchos años.
De entre todos los que caminaban a mi alrededor hubo uno que llamo especialmente mi atención, era alto y vestía un traje enteramente blanco. Miraba constantemente un reloj de bolsillo que guardaba del lado derecho de su pantalón. De igual manera, yo llamé su atención, volteó su mirada, sacó su reloj de bolsillo, lo observó detenidamente, lo guardó y se dirigió a mí.
—Señor Alan, ¿qué hace aquí? Debería estar en el andén número veintitrés — me dijo con tranquilidad.
— ¿Cómo sabe mi nombre? —pregunté.
—Conozco el de cada una de las personas que están en mi estación, es mi deber.
— ¿Qué hago yo aquí?
—Esperar abordar su tren, por supuesto.
— ¿Qué tren? No comprendo nada de lo que me está diciendo. De hecho, no comprendo nada de lo que ocurre.
—Su familia lo espera, señor Alan. Darla y Rebecca ya han abordado el tren.
— ¿Mi esposa e hija están aquí?
—Sígame.
Aunque esto no haya resuelto ninguna duda, sino que había creado más preguntas, esta sería probablemente mi única oportunidad de entender qué sucedía.
Nos abrimos entre la multitud hasta el andén marcado con el número veintitrés. En él había un tren, el cual estaba siendo abordado por lo que parecían las últimas personas de la fila. Llegamos justo a tiempo.
— ¿Quién es usted? —cuestioné.
—Considéreme su guía, señor Alan. Lo llevaré hasta ellas, no se separe de mí.
Habiendo ingresado al primer vagón, el tren hizo sonar aquel característico ruido acompañado de humo, anunciando que el viaje había comenzado. Resultaba ser un lugar difícil de describir, tan extenso y tan ausente de color como la estación, tan atemporal, excepto para mi guía que miraba su reloj de bolsillo constantemente.
La poca visibilidad que había me dificultaba mucho caminar. Después de que mi guía se percatara de esto, se acercó a un pequeño casillero, de él sacó un antiguo farol, y me lo entregó; en seguida sacó un encendedor de uno de los bolsillos de su saco y prendió la linterna.
Había personas sentadas por todos lados, algunas hablaban, otras no cruzaban miradas entre sí, algunas mostraban seguridad y tranquilidad en sus rostros, otras mostraban la confusión y el miedo a lo desconocido.
— ¿Qué hacen ellos aquí? —pregunté a mi guía.
—Esperan, señor Alan.
— ¿Qué esperan?
—No importa realmente, tienen tiempo suficiente para hacerlo.
De pronto el dolor de cabeza y aquel sonido agudo volvieron, mareando y haciéndome perder el equilibro.
—No encuentro al señor Jack, no puedo irme a dormir sin él—dijo Darla.
— Cariño, ya hemos hablado sobre esto, tu madre y yo estamos muy cansados y…
— ¿Podrías reemplazar al señor Jack sólo por hoy?—interrumpió Darla en tono suplicante—.Te prometo que sólo será hoy.
La miró con ternura, se levantó, caminó hacia su hija, la cargó en brazos y se dirigió al dormitorio de Darla, a sabiendas que eso significaría dormir en la orilla y con menos de la mitad de la frazada.
Me sentí en movimiento de nuevo, el sonido del tren recorriendo las vías regresó, mi guía se limitó a verme fijamente, sacó su reloj de bolsillo, lo observó y me dijo que siguiéramos avanzando, señalándome hacia dónde continuar.
La linterna iluminaba menos que cuando la recibí, por lo que me resulto más complicado encontrar la manija para avanzar al siguiente vagón.
— ¿Las personas que están aquí, también llegaron sin saber cómo lo hicieron?
—Algunos lo saben.
— ¿Quiénes?
—Los que desean venir, o los que son suficientemente sabios.
Antes de poder seguir cuestionándolo, una mujer se levantó bruscamente de su asiento al haberme visto pasar, caminó hacia mí y me tomó fuertemente del brazo haciéndome girar hacia ella, quedando frente a frente. —Usted estuvo allí—me dijo asustada mirándome fijamente. — ¡USTED ESTUVO ALLÍ! — comenzó a gritar y a sacudirme los hombros.
La mirada penetrante de aquella mujer sumada a sus violentos gritos terminó por alterarme lo suficiente para apartar sus brazos de mis hombros bruscamente.
—Siéntese—ordenó mi guía a aquella mujer.
La mujer miró aterrada a mi acompañante, después hizo caso a sus órdenes y retomó su asiento.
— ¡¿Qué está sucediendo?! —le dije alterado.
—Todo llega al que sabe esperar.
Empecé a hacerle pregunta tras pregunta, mientras mi desesperación crecía. ¿Quién era ella?, ¿dónde había estado yo?, ¿por qué mi familia estaba aquí? Hasta que me interrumpió tajantemente.
—Todas esas preguntas están fuera de su limitada comprensión, al menos por el momento. Me ofrecí a llevarlo con su familia y eso es lo que hago, no estoy aquí para resolver sus preguntas, eso es tarea suya. Ahora tranquilícese y siga avanzando.
—No puedo creer que en verdad estemos aquí—dijo Rebecca.
—Te dije que esta vez no lo estropearía querida.
— Pero, ¿qué sucederá con tu ascenso? Era lo que siempre habías querido…
—Habrá tiempo para otras oportunidades—la interrumpió—. Sin embargo, por ustedes no podía esperar un segundo más.
Darla se acercó a sus padres, quedando en medio de ellos, tomó la mano de ambos y juntos vieron caer la puesta de sol en el océano. Llevaba al señor Jack en una pequeña mochila colocada en la espalda.
El guía se quedó estático al lado de la puerta que estaba frente de mí, y moviendo su mano me invitó a pasar. La luz de mi lámpara estaba a punto de extinguirse. Con la poca que quedaba alumbré la entrada y puse mi mano en la manija.
Ese terrible dolor volvió en una escala mucho mayor, surgieron ruidos por todos lados, la temperatura del lugar comenzó a descender. Ya no estaba el vagón.
Llovía, había mucho ruido, mucho ruido, luces rojas por todos lados, un auto, no, dos autos, un letrero que alertaba precaución, curva peligrosa.
Miré asustado a mi guía, y esa mirada se convirtió en resignación al recibir como respuesta un sí. Abrí la puerta.
Ahí estaban ellas, Darla y Rebecca, y entonces logré ver al fin. Vi el accidente, escuché la ambulancia, vi aquella mujer siendo llevado en una camilla. Rebecca, Darla, las vi perder hasta su último aliento de vida. Me vi a mí mismo mientras el brillo de la vida escapaba de mis ojos.
Mi guía sacó su reloj de bolsillo y me dijo:
—Ya es la hora.
Aquel traje blanco de mi acompañante comenzó a tornarse color negro.
La luz de mi lámpara se extinguió.
Poco a poco me incorporé. Un ruido similar al del golpeteo de una puerta retumbaba por toda mi cabeza. Tardé algunos momentos en recuperar el equilibrio, perder aquella visión borrosa y dejar de escuchar aquel sonido agudo en mis oídos.
Cuando por fin recuperé mis cinco sentidos, me percaté de que me encontraba en una estación de trenes. ¿Cómo había llegado hasta aquí?, ¿dónde estaba?, ¿era esto un sueño? Eran muchas las preguntas que nublaban mis pensamientos, y ninguna parecía tener una respuesta.
Deseoso de encontrar algún sentido a mi situación, comencé mí recorrido por la estación. Era un lugar extremadamente grande, no podría recorrerlo todo. Estaba lleno de grandes pilares y túneles hasta dónde alcanzaba mi vista, repleta de letreros escritos en todo tipo de lenguajes, llena de una gran cantidad de personas recorriendo sus pasillos y andenes para abordar el próximo tren. A pesar de todo esto, tenía la apariencia de haber sido abandonada hacía ya muchos años.
De entre todos los que caminaban a mi alrededor hubo uno que llamo especialmente mi atención, era alto y vestía un traje enteramente blanco. Miraba constantemente un reloj de bolsillo que guardaba del lado derecho de su pantalón. De igual manera, yo llamé su atención, volteó su mirada, sacó su reloj de bolsillo, lo observó detenidamente, lo guardó y se dirigió a mí.
—Señor Alan, ¿qué hace aquí? Debería estar en el andén número veintitrés — me dijo con tranquilidad.
— ¿Cómo sabe mi nombre? —pregunté.
—Conozco el de cada una de las personas que están en mi estación, es mi deber.
— ¿Qué hago yo aquí?
—Esperar abordar su tren, por supuesto.
— ¿Qué tren? No comprendo nada de lo que me está diciendo. De hecho, no comprendo nada de lo que ocurre.
—Su familia lo espera, señor Alan. Darla y Rebecca ya han abordado el tren.
— ¿Mi esposa e hija están aquí?
—Sígame.
Aunque esto no haya resuelto ninguna duda, sino que había creado más preguntas, esta sería probablemente mi única oportunidad de entender qué sucedía.
Nos abrimos entre la multitud hasta el andén marcado con el número veintitrés. En él había un tren, el cual estaba siendo abordado por lo que parecían las últimas personas de la fila. Llegamos justo a tiempo.
— ¿Quién es usted? —cuestioné.
—Considéreme su guía, señor Alan. Lo llevaré hasta ellas, no se separe de mí.
Habiendo ingresado al primer vagón, el tren hizo sonar aquel característico ruido acompañado de humo, anunciando que el viaje había comenzado. Resultaba ser un lugar difícil de describir, tan extenso y tan ausente de color como la estación, tan atemporal, excepto para mi guía que miraba su reloj de bolsillo constantemente.
La poca visibilidad que había me dificultaba mucho caminar. Después de que mi guía se percatara de esto, se acercó a un pequeño casillero, de él sacó un antiguo farol, y me lo entregó; en seguida sacó un encendedor de uno de los bolsillos de su saco y prendió la linterna.
Había personas sentadas por todos lados, algunas hablaban, otras no cruzaban miradas entre sí, algunas mostraban seguridad y tranquilidad en sus rostros, otras mostraban la confusión y el miedo a lo desconocido.
— ¿Qué hacen ellos aquí? —pregunté a mi guía.
—Esperan, señor Alan.
— ¿Qué esperan?
—No importa realmente, tienen tiempo suficiente para hacerlo.
De pronto el dolor de cabeza y aquel sonido agudo volvieron, mareando y haciéndome perder el equilibro.
—No encuentro al señor Jack, no puedo irme a dormir sin él—dijo Darla.
— Cariño, ya hemos hablado sobre esto, tu madre y yo estamos muy cansados y…
— ¿Podrías reemplazar al señor Jack sólo por hoy?—interrumpió Darla en tono suplicante—.Te prometo que sólo será hoy.
La miró con ternura, se levantó, caminó hacia su hija, la cargó en brazos y se dirigió al dormitorio de Darla, a sabiendas que eso significaría dormir en la orilla y con menos de la mitad de la frazada.
Me sentí en movimiento de nuevo, el sonido del tren recorriendo las vías regresó, mi guía se limitó a verme fijamente, sacó su reloj de bolsillo, lo observó y me dijo que siguiéramos avanzando, señalándome hacia dónde continuar.
La linterna iluminaba menos que cuando la recibí, por lo que me resulto más complicado encontrar la manija para avanzar al siguiente vagón.
— ¿Las personas que están aquí, también llegaron sin saber cómo lo hicieron?
—Algunos lo saben.
— ¿Quiénes?
—Los que desean venir, o los que son suficientemente sabios.
Antes de poder seguir cuestionándolo, una mujer se levantó bruscamente de su asiento al haberme visto pasar, caminó hacia mí y me tomó fuertemente del brazo haciéndome girar hacia ella, quedando frente a frente. —Usted estuvo allí—me dijo asustada mirándome fijamente. — ¡USTED ESTUVO ALLÍ! — comenzó a gritar y a sacudirme los hombros.
La mirada penetrante de aquella mujer sumada a sus violentos gritos terminó por alterarme lo suficiente para apartar sus brazos de mis hombros bruscamente.
—Siéntese—ordenó mi guía a aquella mujer.
La mujer miró aterrada a mi acompañante, después hizo caso a sus órdenes y retomó su asiento.
— ¡¿Qué está sucediendo?! —le dije alterado.
—Todo llega al que sabe esperar.
Empecé a hacerle pregunta tras pregunta, mientras mi desesperación crecía. ¿Quién era ella?, ¿dónde había estado yo?, ¿por qué mi familia estaba aquí? Hasta que me interrumpió tajantemente.
—Todas esas preguntas están fuera de su limitada comprensión, al menos por el momento. Me ofrecí a llevarlo con su familia y eso es lo que hago, no estoy aquí para resolver sus preguntas, eso es tarea suya. Ahora tranquilícese y siga avanzando.
—No puedo creer que en verdad estemos aquí—dijo Rebecca.
—Te dije que esta vez no lo estropearía querida.
— Pero, ¿qué sucederá con tu ascenso? Era lo que siempre habías querido…
—Habrá tiempo para otras oportunidades—la interrumpió—. Sin embargo, por ustedes no podía esperar un segundo más.
Darla se acercó a sus padres, quedando en medio de ellos, tomó la mano de ambos y juntos vieron caer la puesta de sol en el océano. Llevaba al señor Jack en una pequeña mochila colocada en la espalda.
El guía se quedó estático al lado de la puerta que estaba frente de mí, y moviendo su mano me invitó a pasar. La luz de mi lámpara estaba a punto de extinguirse. Con la poca que quedaba alumbré la entrada y puse mi mano en la manija.
Ese terrible dolor volvió en una escala mucho mayor, surgieron ruidos por todos lados, la temperatura del lugar comenzó a descender. Ya no estaba el vagón.
Llovía, había mucho ruido, mucho ruido, luces rojas por todos lados, un auto, no, dos autos, un letrero que alertaba precaución, curva peligrosa.
Miré asustado a mi guía, y esa mirada se convirtió en resignación al recibir como respuesta un sí. Abrí la puerta.
Ahí estaban ellas, Darla y Rebecca, y entonces logré ver al fin. Vi el accidente, escuché la ambulancia, vi aquella mujer siendo llevado en una camilla. Rebecca, Darla, las vi perder hasta su último aliento de vida. Me vi a mí mismo mientras el brillo de la vida escapaba de mis ojos.
Mi guía sacó su reloj de bolsillo y me dijo:
—Ya es la hora.
Aquel traje blanco de mi acompañante comenzó a tornarse color negro.
La luz de mi lámpara se extinguió.
(*) Daniel Robles
J. Daniel Pineda es un joven escritor de diecinueve años de edad, nacido en Guadalajara, y residente de León, Guanajuato. Habiéndose definido en el área del cuento, desarrolla relatos que giran en torno a lo oscuro e inquietante, siendo la narrativa gótica y de terror su campo de escritura. Entre sus autores habituales e influencias literarias se encuentran Edgar Allan Poe, John McCray, Stephen King, Thomas Harris y H. P. Lovecraft. Actualmente es estudiante de Ingeniería Biomédica en la Universidad de Guanajuato, siendo la ciencia y la literatura su pasión.

Comentarios
Publicar un comentario