Teimbel, El Guerrero Legendario (cuento)

*Por Emmanuel Vega



En el silencio del Desierto Naranja, los granos de arena parecen cantar, moviéndose con el viento. En lo que antes era un lago artificial, un fantasmagórico barco asoma su estribor entre las dunas. Extrañas letras alienígenas adornan su costado. Entre sus grietas, frescos por la sombra, están escondidos los solífugos. Con sus ojos adaptados a las puestas de sol pueden distinguir a lo lejos la silueta de algo que camina como hombre. El calor dota a su espejismo con algo que parecen alas en su espalda.

Ha caminado durante semanas, mas no se muestra cansado. Algo blanco y redondo se asoma entre la arena. Bajo su improvisada capucha de tela rasgada, el extraño se agacha para tomar por su bóveda el blanquísimo cráneo. Un súbito viento mueve la arena revelando los huesos de cientos de miles de personas, que yacían bajo la arena.

Temperatura: 50°C. Composición de la arena: Sílice, Calcio, Diversas gemas preciosas, Trinitita/Chernobilita, Material cálcico de origen biológico.” –  el extraño mira el cráneo y un destello bajo su capucha se observa mientras continúa el análisis – “Cráneo. Especie: Homo Sapiens. Estado de conservación de la especie…”.

– Extinta. – murmura el extraño para si.

El viento le arranca la capucha, y las cámaras de sus ojos deben ajustarse al súbito cambio de iluminación.  Su piel metálica le responde con furiosos resplandores al sol, y la arena rebota contra su cuerpo. El rostro como el de una mosca. Los solífugos miran esos ojos casi idénticos a los de ellos.

Aún faltan cientos de kilómetros para llegar a la megápolis más próxima. El calor deforma el horizonte y se pueden ver a lo lejos las torres y los picos de los rascacielos de Kungpen. Tratar de disimular su apariencia robótica no es prioridad en el desierto, sin embargo, tan pronto como llegue, debe activar su camuflaje para hacerlo pasar por un ciudadano más.

Kungpen se levanta a las orillas de lo que antes era la costa del mar. Enormes edificios monolíticos retan al sol, con su frío color gris; el más grande de todos es el Palacio de Gobierno, el escudo del Imperio Dunkelherz siempre encendido en uno de sus lados, una figura triangular con dos ovoides que contienen un cráneo “dunkeherz” y una lanza de la Guardia Elite en el otro, rodeados de un caprichoso semicírculo con dientes triangulares que apuntan hacia afuera. En las calles van y vienen los dunkelherz; seres altos, de ojos totalmente negros, con cráneos calvos y grandes cubiertos de crestas, de piel que va de verde pálido al azul oscuro; inculcados a una vida militaristica y brutal desde su nacimiento. “Nokul resenu, mi reiue dunfri tfok!”.

– ¡Nuestras botas sobre sus gargantas! – grita un dunkelherz desde un púlpito, ataviado con un uniforme de rango militar ante una multitud que levanta su puño gritando emocionada uno de los tantos lemas que desde críos les enseñan a gritar, en la plaza frente al Palacio. – Este día, el último planeta sentiente cayó. ¡El último reducto de la última raza inferior cayó! ¡Libramos al universo de la impureza que lo llenaba! ¡Los Regen agacharon sus cabezas para que cortáramos sus gargantas! ¡Los Gezhaft con sus bases lejanas atacando cobardemente no pudieron con nosotros! ¡Los Edenitas! ¡Seres que desde siempre presumieron una supuesta y mentirosa superioridad material y espiritual, fueron consumidos en nuestro fuego! ¡Y el día de hoy, después de centurias de guerra, la escoria de los humanos cayó en esta, su última colonia!

Es el día de “La Conquista Terrana”. Día de celebración. 

Una explosión de fuegos artificiales estalla al unísono en los techos de los rascacielos monolíticos, y enormes mantas de tela con el escudo de los dunkelherz los cubren casi hasta el suelo. Toda la megápolis se une en un grito de emoción guerrera. Son superiores. Son fuertes. Nunca bajaran la guardia. Siempre hay un enemigo. Siempre hay que estar preparado para la defensa, para el ataque de los enemigos que se esconden, incluso entre los de su misma especie.

Es en esa plaza donde un niño dunkelherz se ha estado distrayendo con su juguete. Mientras sus padres, a orillas de la plaza y la multitud, gritan y celebran, él se distrae un poco. Su vista fija en su juguete, fingiendo el ruido de este con su boca. Mas no se fija que se ha alejado bastante de sus  padres, y sin querer choca con el pie de un extraño que llevaba rato observándolo.

El pequeño levanta la mirada y ve al extraño del desierto.

Las cámaras enfocan al infante. Tras los fríos y sólidos lentes hay un análisis del pequeño. ¿Hay algo más? ¿Algo lo conmueve al verlo? ¿Algo se mueve dentro de ese pecho de metal? Lo único que es seguro, es que el extraño lo toma de su pequeña mano.

¡Shiv! ¡Shiv! ¿Qué haces con ese hombre?

En el dorso de sus pies, empeines, antebrazos, pecho y hombros se abren unas rendijas. Pequeñas partículas negras salen de estas y comienzan a cubrirlo.

– Disculpe, tovartzie – le dice la mujer acercándose al extraño. – ¿Puede acercar a mi niño?

El extraño no responde. Bajo su maltrecha capa y la capucha las partículas toman forma, textura, color…

– ¡Oiga! ¡Conteste! ¡Mi mujer le hizo una pregunta! ¿Quién es? ¡Descúbrase!

– ¿Puede darme a mi niño?

Los padres se han acercado lo suficiente. El hombre le arrebata la capucha de la cabeza al extraño.

– Disculpen, tovatzenn – les contesta el individuo de ojos rojos y piel azul pálido bajo la capucha. – ¡Estaba emocionado con la celebración! – el extraño se agacha y carga en sus brazos al niño. – Y después me conmovió sobremanera ver a su pequeño.

– ¿Conmover? – pregunta extrañado el padre del niño. – La ternura es una emoción débil aquí, forastero. No es de por aquí ¿Qué le ha ocurrido a su uniforme? ¡Podrían arrestarlo por eso!

– Tranquilo, Zokar. – le dice la mujer al papá del niño. – Seguro es de Datinkai. Tuvo que atravesar el Desierto Naranja para llegar a la celebración de  la “Conquista Terrana”. – ¡Tovartzie! Este es mi esposo, Zokar, yo soy Kebeth, y nuestro hijo es Likon.

– Su nombre, tovartzie.  le pregunta ordenando Zokar al extraño.

– Soy Velinte. – les contesta el extraño. – Sí, vengo de Datinkai, y atravesé el Desierto Naranja con mi grupo, pero una tormenta dañó nuestros vehículos y mató todos. Eran débiles. – dice esto último con un tono despectivo – ¿Qué hay con la Tovartzden de su ciudad?

– Usted me simpatiza, Velinte. – le asegura Zokar con una sonrisa. – ¿Desea venir a nuestro hogar? Debe estar agotado. ¡El fuerte ayuda a los que son como el!

Un departamento austero en uno de los edificios de Kungpen. En la pequeña cocineta con barra, Kebeth prepara algo en la plancha de inducción. Likon mira la pantalla donde se transmite el último mensaje del General Grossen, Máximo líder de los Dunkelherz, a través de su vocero oficial, el Comandante Dumah. Hablan y recuerdan las batallas que  han librado en sus incesantes campañas para conquistar galaxias enteras. En el logro de haber exterminado mundos enteros. Y de cómo, después de extinguir a los terranos, la raza más aguerrida de todas, las razas que quedan por exterminar “son nada ante la gloria de nuestra civilización”. El Comandante Dumah los invita a ignorar “las noticias fatalistas” de lo que ha ocurrido en otras colonias del Régimen.

Nokul resenu, mi reiue dunfri tfok! – grita  Likon sorpresivamente.

– ¡Así sea! – grita Zokar con furor guerrero.

– ¡Así sea! – grita Kebeth.

– ¡Así sea!  - grita Velinte.

Zokar le ha prestado uno de sus uniformes, un mono negro con bordes y costuras rojas. En el hombro unas franjas y diseños que lo identifican como funcionario burócrata del Ministerio de Moneda. La sencilla bebida azul transparente y caliente, con la galleta blanca, dura como piedra, esperan a ser consumidas por Velinte. La voosh y el kepheer, la comida de las tropas. Con la cuchara comienza a deshacer la galleta en el líquido.

– Solo he visto a los niños hacer eso, Velinte.

– Me recuerda a mi padre, Zokar. – dice Velinte. – contaba cómo durante sus campañas en su plantón, en la noche preparaban sus vooshen disolviéndolas en el kepheer, rememorando sus batallas.

– ¿Y que noticias nos tiene de Dakintai? – pregunta Kebeth.

– Gloriosas noticias. La producción de granos se incremento en un 30% respecto al trimestre pasado. Hemos hecho arreglos y tratados con otras megápolis para intercambiar bienes.

– Aquí en Kungpen hemos incrementado la extracción de sales para los químicos y materia prima  para nuestras fabricas de armamento en las otras colonias. – Zokar muerde su voosh, haciéndola crujir ruidosamente mientras sigue platicando. – Dankitai es una de las zonas donde se compran las tierras raras de todas las regiones para desarrollo de nuevas y fascinantes armas.

– ¿En serio? – pregunta Velinte. – No sabía de eso.

– ¿Cómo? Pero si usted es de ahí. ¡Bueno! ¡No importa! Ni a los mismos ciudadanos les llega toda la información. – La verdad es que gran parte de esos intercambios es para el desarrollo de las “kinnim”, pequeñas nanomáquinas que pueden imitar cualquier estructura, orgánica e inorgánica, que se les indique, para su aplicación en camuflaje en el campo de batalla y misiones en encubierto.

– Algo había escuchado, es verdad. – dice Velinte reclinándose en su silla. – Pero tal tecnología y/o su conocimiento y divulgación no puede decirse tan a la ligera con cualquier tovartzie.

– Desde que entró usted me inspiró confianza, por lo tanto, permítame preguntarle – Zokar se acerca a la mesa, haciendo que Velinte se acerque a él también, y en un susurro de voz Zokar le pregunta. – ¿Qué tanto es verdad… que se robaron el prototipo de las kinnim… y que el autor fue… Teinbel?

El silencio cae como plomo en el apartamento.

– Zokar… está prohibido mencionar al Enemigo.

– ¿Teinbel? – pregunta Velinte burlón. – ¿El Guerrero Legendario? ¿La Última Esperanza? ¡Eso es una leyenda para los niños y tiempos cobardes!

– Es verdad lo que le digo, pero incluso ahora me resisto a creerlo. Hubo reunión en todos los ministerios. Se manejó la información con alto secreto. Teinbel, el Guerrero Solitario, se había infiltrado en la base donde guardaban el prototipo. Todo lo que dicen es verdad. En sus ojos brilla la ira de los humanos. En su pecho laten millones de corazones. Sus manos y piernas  reparten la venganza de una raza extinta. Acabó con todo el personal de la base y robó el prototipo.

Velinte sigue atento el relato de Zokar. Con la cuchara agita los restos de su galleta dentro de la taza.

– Han ocurrido varios ataques al parecer aislados. Lo que se ha manejado como una destrucción de una ciudad por un reactor nuclear dañado, inundación o catástrofe cualquiera que destruye las megápolis, solo han sido pantallas de humo para ocultar la verdad.

– ¿Y cuál es la verdad?

– Zokar…

Zokar se levanta con el rostro pálido y la frente cubierta de sudor frío.

– Que Teinbel sigue vivo. Que no fue exterminado durante la última guerra. Que todos esos “accidentes” nos los esconden.

– Zokar…

– ¡Velinte! ¿Usted cree que nuestros líderes son tan torpes como para no prevenirse? ¡Son tan orgullosos para admitir el más mínimo error! ¿Usted cree que se arriesgarían a perder su reputación ante nosotros?

– ¡Zokar! ¡Basta! ¡No seas un cobarde! – le grita Kebeth, sacudiéndolo de sus hombros. – ¿Crees que tu hijo o tu esposa desean ver a su hombre así?

– Es verdad, Zokar. – le dice Velinte tratando de sonar indiferente. – Deje esa entretenida historia para los bebés o para las visitas. Pienso yo que más bien intenta eso. Entretenerme.

– Sí… así es. – Zokar tiembla, tratando de controlarse y darse cuenta de que ha expresado un temor oculto en todos los dunkelherz. – Así es. Pero bueno… ¿Qué planes tiene para su estancia aquí, Velinte?

– En realidad pensaba visitar el Mausoleo Negro para rendirle tributo a los Primeros Generales de la Guerra.

– Los que cayeron en las primeras batallas contra los terranos. Entiendo. Una celebración y detalle muy importante.

– Agradezco tu hospitalidad, tovartzie Zokar. – Velinte se levanta y cruza los brazos frente a su pecho. El saludo dunkleherz. – Que los Grandes Generales te guíen.

– El placer es mío, Velinte. En nombre de mi familia agradezco el honor de tu visita.

– Despídame del pequeño. Debo partir ya.

Es casi de noche, y los últimos visitantes del primer día de las Celebraciones por la Conquista Terrana entran al Mausoleo Negro, donde las efigies de Altos Mandos muertos, hace novecientos años después de la primera batalla, reciben tributo por su heroica muerte en las Primeras Batallas. Donde los primitivos humanos fueron subestimados, y los primeros tres contingentes de la Armada Dunkelherz cayeron. Frente a los visitantes, una mujer relata la vida y obra de los Tres Grandes Generales, cuyas efigies miran orgullosas al vulgo que les rinde pleitesía y tributo. La mujer cuenta las batallas, la visión, el valor de los Generales y de sus tropas. Súbitamente, conmovidos, varios de los visitantes comienzan a llorar, a dar gracias a los Tres Grandes Generales. ¡Oh! ¡Por ellos los dunkelherz tienen hogar! ¡Por ellos y su gran sabiduría, han conseguido que su cultura crezca, prevalezca y se imponga ante las adversidades! Y rompiendo el protocolo, uno de ellos se acerca de rodillas, sosteniendo un jarrón con flores extrañas. La mujer se asusta al inicio, y los guardias que vigilan la sala se acercan rápidamente para apartar al extraño, pero la mujer hace un gesto pidiendo que aquel sujeto se acerque arrodillado y deposite la ofrenda floral ante las efigies.

La mujer mira a Velinte, a quien sus ojos empapados en lagrimas espesas y viscosas, le parece que brillan de infinita felicidad y conmoción.

Toda la muchedumbre siente la admiración de aquel por sus antiguos generales. En silencio, Velinte se retira. La muchedumbre le abre paso, mientras celebran su devoción y cariño demostrado.

– He ahí un verdadero dunkelherz. – dice la mujer. – ¡Ave a los Dunkel!

– ¡Ave a los Dunkel! – responde la multitud alzando los puños.

Es casi de madrugada. La temperatura en el Desierto Naranja ha bajado a -25°C. A lo lejos se ven las luces de la megápolis. Teinbel, arrodillado en una duna, se quita la capucha contemplando por última vez la gran ciudad. Las kinnim comienzan a descubrirlo y a entrar por las rendijas de su cuerpo.

– Ave a los Dunkel…

Un destello rojizo en sus ojos, un destello que ilumina como un sol. El estruendo de millones de almas terranas. El último grito de guerra de los humanos. La Ciudad de Kungpen se vaporiza por la explosión del arma atómica oculta en el florero. Teinbel celebra que Zokar no tenga qué vivir con miedo, y que Likon no tenga que vivir una vida de violencia y opresión. En la cara de los Tres Generales, el juicio les llegó, 900 años tarde, pero les llegó.

– Ave a los Dunkel.


*Emmanuel Vega

Emmanuel Vega, cuando no se encuentra armando rompecabezas de elefantes surrealistas, o creando metropolis futuristas con "Mega Bloks", enfrenta como un organismo cibernetico la realidad cotidiana, para soñar posteriormente con universos infinitos, sonidos industriales y oscuros y "animes" que solo existiran en su cabeza (por ahora). ¡Visita su pagina dando clic aqui y conocelo!

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