En el silencio del Desierto Naranja, los granos de arena
parecen cantar, moviéndose con el viento. En lo que antes era un lago artificial, un fantasmagórico barco asoma su estribor entre las dunas. Extrañas letras
alienígenas adornan su costado. Entre sus grietas, frescos por la sombra, están
escondidos los solífugos. Con sus ojos adaptados a las puestas de sol pueden
distinguir a lo lejos la silueta de algo que camina como hombre. El calor dota
a su espejismo con algo que parecen alas en su espalda.
Ha caminado durante semanas, mas no se muestra cansado. Algo
blanco y redondo se asoma entre la arena. Bajo su improvisada capucha de tela
rasgada, el extraño se agacha para tomar por su bóveda el blanquísimo cráneo. Un
súbito viento mueve la arena revelando los huesos de cientos de miles de
personas, que yacían bajo la arena.
“Temperatura: 50°C. Composición
de la arena: Sílice, Calcio, Diversas gemas preciosas, Trinitita/Chernobilita,
Material cálcico de origen biológico.” – el extraño mira el cráneo y un destello bajo
su capucha se observa mientras continúa el análisis – “Cráneo. Especie: Homo Sapiens. Estado de conservación de la especie…”.
– Extinta. – murmura el extraño para si.
El viento le arranca la capucha, y las cámaras de sus ojos
deben ajustarse al súbito cambio de iluminación. Su piel metálica le responde con furiosos
resplandores al sol, y la arena rebota contra su cuerpo. El rostro como el de
una mosca. Los solífugos miran esos ojos casi idénticos a los de ellos.
Aún faltan cientos de kilómetros para llegar a la megápolis
más próxima. El calor deforma el horizonte y se pueden ver a lo lejos las
torres y los picos de los rascacielos de Kungpen. Tratar de disimular su
apariencia robótica no es prioridad en el desierto, sin embargo, tan pronto
como llegue, debe activar su camuflaje para hacerlo pasar por un ciudadano más.
Kungpen se levanta a las orillas de lo que antes era la
costa del mar. Enormes edificios monolíticos retan al sol, con su frío color
gris; el más grande de todos es el Palacio de Gobierno, el escudo del Imperio
Dunkelherz siempre encendido en uno de sus lados, una figura triangular con dos ovoides que contienen un cráneo “dunkeherz” y una lanza de la
Guardia Elite en el otro, rodeados de un caprichoso semicírculo con dientes
triangulares que apuntan hacia afuera. En las calles van y vienen los
dunkelherz; seres altos, de ojos totalmente negros, con cráneos calvos y
grandes cubiertos de crestas, de piel que va de verde pálido al azul oscuro; inculcados a una vida militaristica y brutal desde su nacimiento. “Nokul resenu, mi reiue dunfri tfok!”.
– ¡Nuestras botas sobre sus gargantas! – grita un dunkelherz
desde un púlpito, ataviado con un uniforme de rango militar ante una multitud
que levanta su puño gritando emocionada uno de los tantos lemas que desde críos
les enseñan a gritar, en la plaza frente al Palacio. – Este día, el último
planeta sentiente cayó. ¡El último reducto de la última raza inferior cayó!
¡Libramos al universo de la impureza que lo llenaba! ¡Los Regen agacharon sus
cabezas para que cortáramos sus gargantas! ¡Los Gezhaft con sus bases lejanas
atacando cobardemente no pudieron con nosotros! ¡Los Edenitas! ¡Seres que desde
siempre presumieron una supuesta y mentirosa superioridad material y espiritual, fueron consumidos en nuestro fuego! ¡Y el día de hoy, después de centurias de
guerra, la escoria de los humanos cayó en esta, su última colonia!
Es el día de “La Conquista Terrana”. Día de celebración.
Una explosión de fuegos artificiales estalla al unísono en
los techos de los rascacielos monolíticos, y enormes mantas de tela con el
escudo de los dunkelherz los cubren casi hasta el suelo. Toda la megápolis se
une en un grito de emoción guerrera. Son superiores. Son fuertes. Nunca bajaran
la guardia. Siempre hay un enemigo. Siempre hay que estar preparado para la
defensa, para el ataque de los enemigos que se esconden, incluso entre los de
su misma especie.
Es en esa plaza donde un niño dunkelherz se ha estado
distrayendo con su juguete. Mientras sus padres, a orillas de la plaza y la
multitud, gritan y celebran, él se distrae un poco. Su vista fija en su juguete,
fingiendo el ruido de este con su boca. Mas no se fija que se ha alejado
bastante de sus padres, y sin querer
choca con el pie de un extraño que llevaba rato observándolo.
El pequeño levanta la mirada y ve al extraño del desierto.
Las cámaras enfocan al infante. Tras los fríos y sólidos
lentes hay un análisis del pequeño. ¿Hay algo más? ¿Algo lo conmueve al verlo?
¿Algo se mueve dentro de ese pecho de metal? Lo único que es seguro, es que el
extraño lo toma de su pequeña mano.
–¡Shiv! ¡Shiv! ¿Qué
haces con ese hombre?
En el dorso de sus pies, empeines, antebrazos, pecho y
hombros se abren unas rendijas. Pequeñas partículas negras salen de estas y
comienzan a cubrirlo.
– Disculpe, tovartzie
– le dice la mujer acercándose al extraño. – ¿Puede acercar a mi niño?
El extraño no responde. Bajo su maltrecha capa y la capucha
las partículas toman forma, textura, color…
– ¡Oiga! ¡Conteste! ¡Mi mujer le hizo una pregunta! ¿Quién es? ¡Descúbrase!
– ¿Puede darme a mi niño?
Los padres se han acercado lo suficiente. El hombre le
arrebata la capucha de la cabeza al extraño.
– Disculpen, tovatzenn
– les contesta el individuo de ojos rojos y piel azul pálido bajo la
capucha. – ¡Estaba emocionado con la celebración! – el extraño se agacha y carga
en sus brazos al niño. – Y después me conmovió sobremanera ver a su pequeño.
– ¿Conmover? – pregunta extrañado el padre del niño. – La ternura es una
emoción débil aquí, forastero. No es de por aquí ¿Qué le ha ocurrido a su
uniforme? ¡Podrían arrestarlo por eso!
– Tranquilo, Zokar. – le dice la mujer al papá del niño. – Seguro es de
Datinkai. Tuvo que atravesar el Desierto Naranja para llegar a la celebración
de la “Conquista Terrana”. – ¡Tovartzie! Este es mi esposo, Zokar, yo
soy Kebeth, y nuestro hijo es Likon.
– Su nombre, tovartzie. – le pregunta
ordenando Zokar al extraño.
– Soy Velinte. – les contesta el extraño. – Sí, vengo de Datinkai, y atravesé
el Desierto Naranja con mi grupo, pero una tormenta dañó nuestros vehículos y
mató todos. Eran débiles. – dice esto último con un tono despectivo – ¿Qué hay con la Tovartzden de su
ciudad?
– Usted me simpatiza, Velinte. – le asegura Zokar con una sonrisa. – ¿Desea venir a nuestro hogar?
Debe estar agotado. ¡El fuerte ayuda a los que son como el!
Un departamento austero en uno de los edificios de Kungpen.
En la pequeña cocineta con barra, Kebeth prepara algo en la plancha de inducción.
Likon mira la pantalla donde se transmite el último mensaje del General
Grossen, Máximo líder de los Dunkelherz, a través de su vocero oficial, el
Comandante Dumah. Hablan y recuerdan las batallas que han librado en sus incesantes campañas para
conquistar galaxias enteras. En el logro de haber exterminado mundos enteros. Y
de cómo, después de extinguir a los terranos, la raza más aguerrida de todas,
las razas que quedan por exterminar “son nada ante la gloria de nuestra
civilización”. El Comandante Dumah los invita a ignorar “las noticias
fatalistas” de lo que ha ocurrido en otras colonias del Régimen.
–Nokul resenu, mi
reiue dunfri tfok! – grita Likon
sorpresivamente.
– ¡Así sea! – grita Zokar con furor guerrero.
– ¡Así sea! – grita Kebeth.
– ¡Así sea! - grita Velinte.
Zokar le ha prestado uno de sus uniformes, un mono negro con
bordes y costuras rojas. En el hombro unas franjas y diseños que lo identifican
como funcionario burócrata del Ministerio de Moneda. La sencilla bebida azul
transparente y caliente, con la galleta blanca, dura como piedra, esperan a ser
consumidas por Velinte. La voosh y el
kepheer, la comida de las tropas. Con
la cuchara comienza a deshacer la galleta en el líquido.
– Solo he visto a los niños hacer eso, Velinte.
– Me recuerda a mi padre, Zokar. – dice
Velinte. – contaba cómo durante sus campañas en su plantón, en la noche
preparaban sus vooshen disolviéndolas
en el kepheer, rememorando sus
batallas.
– ¿Y que noticias nos tiene de Dakintai? – pregunta Kebeth.
– Gloriosas noticias. La producción de granos se incremento en un 30% respecto
al trimestre pasado. Hemos hecho arreglos y tratados con otras megápolis para
intercambiar bienes.
– Aquí en Kungpen hemos incrementado la extracción de sales para los químicos y
materia prima para nuestras fabricas de
armamento en las otras colonias. – Zokar muerde su voosh, haciéndola crujir ruidosamente mientras sigue platicando. –
Dankitai es una de las zonas donde se compran las tierras raras de todas las
regiones para desarrollo de nuevas y
fascinantes armas.
– ¿En serio? – pregunta Velinte. – No sabía de eso.
– ¿Cómo? Pero si usted es de ahí. ¡Bueno! ¡No importa! Ni a los mismos ciudadanos
les llega toda la información. – La verdad es que gran parte de esos intercambios
es para el desarrollo de las “kinnim”, pequeñas nanomáquinas que pueden imitar cualquier estructura, orgánica e
inorgánica, que se les indique, para su aplicación en camuflaje en el campo de
batalla y misiones en encubierto.
– Algo había escuchado, es verdad. – dice Velinte reclinándose en su silla. –
Pero tal tecnología y/o su conocimiento y divulgación no puede decirse tan a la
ligera con cualquier tovartzie.
– Desde que entró usted me inspiró confianza, por lo tanto, permítame preguntarle – Zokar se acerca a la mesa, haciendo que Velinte se
acerque a él también, y en un susurro de voz Zokar le pregunta. – ¿Qué tanto es
verdad… que se robaron el prototipo de las kinnim…
y que el autor fue… Teinbel?
El silencio cae como plomo en el apartamento.
– Zokar… está prohibido mencionar al Enemigo.
– ¿Teinbel? – pregunta Velinte burlón. – ¿El Guerrero Legendario? ¿La Última
Esperanza? ¡Eso es una leyenda para los niños y tiempos cobardes!
– Es verdad lo que le digo, pero incluso ahora me resisto a creerlo. Hubo
reunión en todos los ministerios. Se manejó la información con alto secreto.
Teinbel, el Guerrero Solitario, se había infiltrado en la base donde guardaban
el prototipo. Todo lo que dicen es verdad. En sus ojos brilla la ira de los
humanos. En su pecho laten millones de corazones. Sus manos y piernas reparten la venganza de una raza extinta.
Acabó con todo el personal de la base y robó el prototipo.
Velinte sigue atento el relato de Zokar. Con la cuchara
agita los restos de su galleta dentro de la taza.
– Han ocurrido varios ataques al parecer aislados. Lo que se ha manejado como
una destrucción de una ciudad por un reactor nuclear dañado, inundación o
catástrofe cualquiera que destruye las megápolis, solo han sido pantallas de
humo para ocultar la verdad.
– ¿Y cuál es la verdad?
– Zokar…
Zokar se levanta con el rostro pálido y la frente cubierta
de sudor frío.
– Que Teinbel sigue vivo. Que no fue exterminado durante la última guerra. Que
todos esos “accidentes” nos los esconden.
– Zokar…
– ¡Velinte! ¿Usted cree que nuestros líderes son tan torpes como para no
prevenirse? ¡Son tan orgullosos para admitir el más mínimo error! ¿Usted cree
que se arriesgarían a perder su reputación ante nosotros?
– ¡Zokar! ¡Basta! ¡No seas un cobarde! – le grita Kebeth, sacudiéndolo de sus
hombros. – ¿Crees que tu hijo o tu esposa desean ver a su hombre así?
– Es verdad, Zokar. – le dice Velinte tratando de sonar indiferente. – Deje esa
entretenida historia para los bebés o para las visitas. Pienso yo que más bien
intenta eso. Entretenerme.
– Sí… así es. – Zokar tiembla, tratando de controlarse y darse cuenta de que ha
expresado un temor oculto en todos los
dunkelherz. – Así es. Pero bueno… ¿Qué planes tiene para su estancia aquí,
Velinte?
– En realidad pensaba visitar el Mausoleo Negro para rendirle tributo a los
Primeros Generales de la Guerra.
– Los que cayeron en las primeras batallas contra los terranos. Entiendo. Una
celebración y detalle muy importante.
– Agradezco tu hospitalidad, tovartzie Zokar. – Velinte se levanta y cruza los
brazos frente a su pecho. El saludo dunkleherz. – Que los Grandes Generales te guíen.
– El placer es mío, Velinte. En nombre de mi familia agradezco el honor de tu
visita.
– Despídame del pequeño. Debo partir ya.
Es casi de noche, y los últimos visitantes del primer día de
las Celebraciones por la Conquista Terrana entran al Mausoleo Negro, donde las efigies de Altos
Mandos muertos, hace novecientos años después de la primera batalla, reciben tributo por su heroica muerte en las Primeras Batallas. Donde los primitivos
humanos fueron subestimados, y los primeros tres contingentes de la Armada
Dunkelherz cayeron. Frente a los visitantes, una mujer relata la vida y obra de
los Tres Grandes Generales, cuyas efigies miran orgullosas al vulgo que les
rinde pleitesía y tributo. La mujer cuenta las batallas, la visión, el valor de
los Generales y de sus tropas. Súbitamente, conmovidos, varios de los
visitantes comienzan a llorar, a dar gracias a los Tres Grandes Generales. ¡Oh!
¡Por ellos los dunkelherz tienen hogar! ¡Por ellos y su gran sabiduría, han
conseguido que su cultura crezca, prevalezca y se imponga ante las
adversidades! Y rompiendo el protocolo, uno de ellos se acerca de rodillas,
sosteniendo un jarrón con flores extrañas. La mujer se asusta al inicio, y los
guardias que vigilan la sala se acercan rápidamente para apartar al extraño, pero la mujer hace un gesto pidiendo que aquel sujeto se acerque arrodillado y
deposite la ofrenda floral ante las efigies.
La mujer mira a Velinte, a quien sus ojos empapados en
lagrimas espesas y viscosas, le parece que brillan de infinita felicidad y conmoción.
Toda la muchedumbre siente la admiración de aquel por sus
antiguos generales. En silencio, Velinte se retira. La muchedumbre le abre paso,
mientras celebran su devoción y cariño demostrado.
– He ahí un verdadero dunkelherz. – dice la mujer. – ¡Ave a los Dunkel!
– ¡Ave a los Dunkel! – responde la multitud alzando los puños.
Es casi de madrugada. La temperatura en el Desierto Naranja
ha bajado a -25°C. A lo lejos se ven las luces de la megápolis.
Teinbel, arrodillado en una duna, se quita la capucha contemplando por última
vez la gran ciudad. Las kinnim
comienzan a descubrirlo y a entrar por las rendijas de su cuerpo.
– Ave a los Dunkel…
Un destello rojizo en sus ojos, un destello que ilumina como
un sol. El estruendo de millones de almas terranas. El último grito de guerra
de los humanos. La Ciudad de Kungpen se vaporiza por la explosión del arma
atómica oculta en el florero. Teinbel celebra que Zokar no tenga qué vivir con
miedo, y que Likon no tenga que vivir
una vida de violencia y opresión. En la cara de los Tres Generales, el juicio
les llegó, 900 años tarde, pero les llegó.
– Ave a los Dunkel.
*Emmanuel Vega
Emmanuel Vega, cuando no se encuentra armando rompecabezas de elefantes surrealistas, o creando metropolis futuristas con "Mega Bloks", enfrenta como un organismo cibernetico la realidad cotidiana, para soñar posteriormente con universos infinitos, sonidos industriales y oscuros y "animes" que solo existiran en su cabeza (por ahora). ¡Visita su pagina dando clic aqui y conocelo!

Comentarios
Publicar un comentario